Crítica a Los Superagentes en La Nación: Buena
El regreso de los superagentes
La entretenida saga continúa con Florencia de la V como la villana de la película
Por Adolfo C. Martínez en La Nación
La entretenida saga continúa con Florencia de la V como la villana de la películaDarío Lopilato, Christian Sancho y Fabián Gianola, las nuevas caras para las aventuras de siempre
Los superagentes: nueva generación (Argentina/2008). Dirección: Daniel De Filippo. Con Fabián Gianola, Darío Lopilato, Christian Sancho, Florencia de la V, Alberto Martín y otros. Guión: Salvador Valverde Calvo y Salvador Valverde Freire. Fotografía: Juan Carlos Lenardi. Música: Claudio Waisgluss. Presentada por Argentina Sono Film. Hablada en español. Duración: 90 minutos. Calificación: apta para todo público.
Nuestra opinión: Buena
Tras un largo intervalo, vuelven a la pantalla grande los audaces superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita, como siempre para combatir el mal a través de su astucia y de ese carisma con el que, en sus anteriores aventuras, ya se habían ganado la simpatía del público. Esta vez un nuevo integrante de la agencia de seguridad Acuario conoce durante una peligrosa misión a dos inexpertos muchachos que serán sus futuros compañeros. Uno de ellos es un joven mantenido por sus padres que adora a las bellas mujeres y el otro es un buscavidas despreocupado y optimista, y ambos, unidos por una circunstancia fortuita, fracasan en su primera prueba al intentar rescatar unas valiosas joyas robadas por una banda delictiva.
A pesar de este contratiempo, el jefe de Acuario les brindará una segunda oportunidad cuando una muchacha, hija de un empresario multimillonario, es secuestrada por una peligrosa organización comandada por una sensual mujer experta en artes marciales y por su astuto hermano. Los superagentes, que conservan los apodos de los anteriores personajes, están ahora dispuestos a ganarse el lugar perdido en la agencia de seguridad y comenzarán a investigar este episodio en el que deberán enfrentarse con la jefa de la banda -un correcto trabajo de Florencia de la V- y con sus secuaces, que han pedido una importante suma de dinero para liberar a la secuestrada.
Pero los héroes de turno comprobarán que detrás de ese rapto se esconde un plan maléfico del que no es ajena la hija del multimillonario. Así, entre corridas, luchas, tiros y bombas, los superagentes lograrán esclarecer este caso e incorporarse, entre felicitaciones de sus superiores, a esa agencia que lucha contra el mal. Sobre la base de un guión correctamente estructurado, al que no le falta humor, cierto suspenso y rápidas acciones, el novel director Daniel De Filippo logró concretar una entretenida aventura bien sostenida por una impecable fotografía, por una adecuada música y por intensos juegos visuales.
El elenco es otro aporte a favor de estas alocadas trapisondas en las que no faltan algunos elementos rescatados de otros films de este género -por ejemplo, el automóvil de los superagentes revive al invencible rodado del agente James Bond-, y así tanto Fabián Gianola como Darío Lopilato y Christian Sancho lograron componer con gracia a ese trío de superagentes que, entre disparatadas travesuras y eficaces gags, combaten a sus acérrimos enemigos. Como para que el recuerdo de las anteriores aventuras de los superagentes no se opaque del todo, aparecen Víctor Bo y Ricardo Bauleo, aquellos primigenios agentes que aquí cumplen breves partes. Así, con la constante acción en cada escena, el retorno de estos héroes será, sin duda, muy bienvenido por el público y logrará lo que sus responsables deseaban: divertir a través de una trama que conserva la gracia de esos personajes que ya se habían transformado en un icono de la cinematografía nacional de antaño.
Crítica en el diario Crítica: 4 puntos
CINE / CRÍTICA / los superagentes
Lupa sobre los defectos
La película funciona como diagnóstico del cine industrial argentino, que aún cree que sólo se trata de trasladar la pantalla chica a la grande.
por Leonardo M. D’Espósito
Argentina, 2008, 91’
Director: Daniel De Felippo
Con: Fabián Gianola, Christian Sancho, Darío Lopilato, Florencia de la V, Marcelo de Bellis.
4 PUNTOS
El espectador intuirá que este film no es bueno. Tendrá razón. Es mejor –mucho mejor, aunque esto no signifique demasiado– que la vieja serie de los Superagentes, aunque tal cosa se debe a que en los setenta y ochenta se gastaba poco y nada, y se filmaba con equipos largamente obsoletos. La nueva película, La nueva generación, es mala por otros motivos que permiten explicar el estado actual del cine argentino.
Muchas veces se dice –lugar común falso, como casi todos– que “el cine argentino es todo malo”. No lo es: simplemente es malo el cine argentino industrial de gran público. Porque, por lo general, se basa en la idea de que alcanza con poner en pantalla grande lo que se ve en la pequeña de la televisión. Se olvida que no sólo es una cuestión de tamaños, sino también de lenguajes. El chiste repentino no forma parte del cine, arte de elaboración compleja, laboriosa y lenta. Optar por el humor televisivo que deja librada su efectividad a la improvisación es contraproducente: no se pueden esperar horas a que, por ejemplo, la secuencia de Darío Lopilato tratando de orinar en un jarrón genere ese gag espontáneo que puede esperarse de la tele. El transcurso del humor en todo el film adolece del mismo defecto. Las escenas de acción son funcionales. Es sintomático, de todas maneras, que la mayoría de las peleas cuerpo a cuerpo –esenciales al género– se fotografíen en planos cerrados, disimulando la poca gracia coreográfica de los actores (¡ay, Sabrina Rojas!). Hay explosiones cuyo buen registro se estropea por la repetición exhibicionista, una especie de “miren, tenemos con qué hacer una explosión” que reduce la efectividad o sorpresa del efecto a nada. Algunos chistes funcionan. Otras elecciones, no: que Florencia de la V, una humorista, haga un papel serio en una película básicamente cómica es contraproducente y choca con el oficio de Marcelo de Bellis. Los tres protagonistas (Gianola, Sancho y Lopilato) muestran diferencias serias: el primero no sabe si debe ser serio o cómico, el segundo se mueve y habla como puede. El tercero tiene una especie de ángel cómico que no se compra con nada, o un gesto salvaje que –uno sueña, imagina alocadamente–, en manos de un director de cine, podría dar un buen actor natural. La sumatoria de todos estos defectos se reduce en uno solo: carencia absoluta de dirección, de sentido, de pensar el cine como cine y no como un álbum de figuritas. Superagentes…, se ha dicho, es la radiografía del cine industrial argentino de gran público, impresión en celuloide de peripecias televisivas tratadas a desgano, escritas con apuro y volcadas sin cuidado sobre una pantalla que funciona como lupa. Sí, también para los defectos.
Crítica en Clarin: regular
La (vieja) aventura continúa
“Los Superagentes: nueva generación” muestra cambios de actores y director, pero no de estructura ni estilo.
Por: Miguel Frías en Clarin
Con once películas a sus espaldas, realizadas entre 1974 y 1986, vuelven Los Superagentes, acompañados por el subtítulo “nueva generación”: es decir, con promesas de recambio, más que de regreso. Es cierto que Tiburón, Delfín y Mojarrita -interpretados históricamente por Ricardo Bauleo, Víctor Bo y Julio De Grazia- son ahora Fabián Gianola, Christian Sancho y Darío Lopilato. También que hay nuevo director: Daniel De Felippo. ¿Alcanzan, sumados a algunos eficaces efectos especiales y mayor prolijidad técnica, para hablar de un aggiornamiento del producto? No necesariamente.
Los actores que se incorporan -simpáticos, correctos- cumplen los mismos roles que sus antecesores: el líder galante, entrador; el hombre de acción, más fortachón que cerebral, y el antihéroe cómico. El jefe de Acuario -agencia de espionaje que sigue remitiendo más a los ‘70 que al siglo XXI- es Alberto Martín. Los villanos están encabezados por Florencia de la Ve -experta en artes marciales- y Marcelo De Bellis, en ese orden. El resto es previsible: una trama elemental; acción paródica, deliberadamente impostada, y un humor de gag que sólo hará reír a los que busquen más de lo mismo. Ah, y cuando parece que el guión -de Salvador Valverde Calvo, el mismo de toda la saga- felizmente los desechó, surgen la escatología y la publicidad. Aunque, hay que admitirlo, en dosis menores que en otras películas de este tipo.
Un auto con funciones especiales, persecuciones con ciertos efectos de buen nivel para la Argentina y la aparición de los Superagentes históricos que quedan vivos -Julio De Grazia se suicidó en 1989- aportan los mejores momentos de un filme que no termina de levantar vuelo. (En el tramo final, Sabrina Rojas luce más su cuerpo que su histrionismo en un rol importante). El problema -no del filme, más bien de los que esperan novedades- no es estar frente a un producto que no alcanza su finalidad sino que la alcanza. Hasta las quejas anticipadas por los (supuestos) prejuicios de la crítica parecen parte de un deja vu que para unos será grato y para otros no tanto.
Buena crítica en Ambito Financiero
Superagentes de hoy tienen mejor suerte
por Paraná Sendros en Ámbito
A diferencia de sus predecesoras, «Superagentes, nueva generación» tiene el ritmo adecuado y la mezcla correcta de aventura y comicidad (salvo alguna pequeña guarangada).
«Los superagentes, nueva generación» (Argentina, 2008, habl. en español). Dir.: D. De Filippo. Guión: S. Valverde Calvo y S. Valverde Freire. Int.: F. Gianola, C. Sancho, D. Lopilato, F. de la V., M. de Bellis, A. Martín, R. Bauleo, V. Bo, S. Rojas.
Tras el flojo revival de bañeros y brigadistas de última, en películas que también eran, digamos, de anteúltima, sorprende gratamente esta reaparición de los heroicos Tiburón, Delfín y Mojarrita. De veras, la película tiene el ritmo adecuado, la mezcla correcta de aventura, comicidad, complicidad, y chicas lindas, adecuadas vueltas de tuerca, buen despliegue de acción, buena gracia. Salvo alguna pequeña guarangada, tiene también buena inventiva, y elogiable nivel de producción, que se luce especialmente con el auto jamesbondiano de los superagentes (que además de misiles tiene un arma secreta made in las pampas) y, sobre todo, la escena donde se enfrentan una avioneta que debe aterrizar en plena ruta, y un camionazo que, en su intento de frenar, viene coleando.
No todo es perfecto, y bien podrían objetarse algunas libertades en el relato (¿de dónde sale el auto cuando nuestros héroes han quedado a pie en medio del camino?), pero eso es lo de menos, porque todo es conducido de modo ágil, y, más que nada, porque en este caso la antedicha complicidad está bien lograda y aceitada, desde el comienzo mismo, donde Fabián Gianola de lentes oscuros y traje negro, luce lo más parecido posible a Tommy Lee Jones después de la gripe, rodeado de sus (en ese momento) compañeros Besugo y Calamar, en adelante, lo cual incluye una celebrada escena de los primeros Delfín y Tiburón gozando de su retiro efectivo junto a una piscina. En suma, a la agencia Acuario han entrado nuevos elementos. No sólo unos agentes que pueden hacer carrera (Gianola, Sancho, y Lopilato, que pregunta «¿Esto es una agencia secreta como la KGB, la CIA, la CGT»?), sino, dato fundamental, un director llamado Daniel De Filippo, que no entra al cine con una obra de autor, sino con una película de entretenimiento bien hecha, lo cual es mucho más difícil. A señalar, también, la asistencia de Carlos Jaurelguiazo y otros colaboradores con evidente cariño por la vieja serie. Al fin, en los últimos años, un argumento de los Valverde ha sido bien llevado.
Los Superagentes según Sergio Wolf
La valoración politica de la saga de los Superagentes es algo que está en discusión. Por un lado estàn lo que aseguran que se trata de una simple serie de películas infantiles. Otros encuentran resonancias sumamente turbias. Entre estos últimos aparece Sergio Wolf . Aquí reproducimos su opinión, como para inicar el debate.
La discusión sobre si hubo o no un cine de régimen durante la dictadura nunca llegó a instalarse como debate en el campo de la cultura, más allá de que se reconoce el período como de una producción vigilada con celo por el Instituto de Cine y el Ente de Calificación Cinematográfica, y de la existencia de “listas negras” —y no sólo en cine— que establecían las exclusiones.
Quienes sí reflexionaron sobre este problema bajo el nazismo —historiadores como Eric Renstchler, Wolf Dönner y Linda Schulte-Sasse—, consideran que para hablar de un cine de régimen no es necesario que todos los films del período se sustenten en una propaganda política dura y ostensible, sino que basta con que una porción del total esté en esa dirección. Algo similar puede decirse del cine que se produjo durante la dictadura argentina.
Si bien la idea de dos bandos en pugna comienza a aparecer dos años antes del golpe militar, en el cine de la dictadura se multiplica la compulsión a narrar historias sobre facciones enfrentadas, donde el objetivo se cifra en exterminar toda diferencia, o bien de convencer a los más reacios.
Un significativo número de películas propone el sistema de bandos que buscan exterminar al “otro”. Estos grupos a veces aparecen como identificables con fuerzas específicas, como se ve en la representación de la Fuerza Aérea en la citada Dos locos en el aire, o de la Policía Federal en Los drogadictos, de Enrique Carreras (…)
También fue habitual el enmascaramiento de ese sistema de bandos, dado que a veces predominaba la vaguedad referencial cuando, en rigor, se trataba de grupos de tareas con la misión de pacificar un país. Es el caso de La aventura explosiva, de Orestes Trucco, o Los superagentes biónicos, que filmó Mario Sabato bajo el seudónimo de Adrián Quiroga.
En Clarín, El cine bajo estado de sitio
Los Superagentes según Diego Lerer
Un artículo viejito del crítico Diego Lerer publicado en el Clarín del 13 de enero de 2002. Se reproduce textual, incluyendo los errores (Delfín era Bo, no Bauleo).
CLIMA DE EPOCA: LOS SUPERAGENTES
Espías a la criolla
Entre 1974 y 1986 se estrenaron once películas de la saga de Tiburón, Delfín y Mojarrita. Era una versión argentina de las películas de espías que combinaba humor con acción y bellezas autóctonas.
DIEGO LERER
Era una rutina segura que no podía fallar. Sábado a la tarde en un cine de barrio. El esquema era sencillo, reiterativo y todos sabían muy bien a qué atenerse. Delfín (Ricardo Bauleo) era inteligente, el cerebro, el hombre que podía resolver las cuestiones tecnológicas y estratégicas. Tiburón (Víctor Bó) era el aporte físico, la fuerza bruta aplicada para resolver cualquier conflicto que se presentara. Y Mojarrita (Julio de Grazia) era el bromista, con el que más se identificaban los chicos: una suerte de pre-Jackie Chan tan torpe como indestructible. Tanto que todavía se recuerda su viaje colgado de un helicóptero para caer en una pileta rodeada de bellas mujeres como uno de los grandes momentos del cine argentino de la época…
Fueron Los superagentes y así pasaron a la historia. ¿Pasaron?
Las películas de los superagentes comprenden un ciclo bastante largo y poco revisado del cine nacional. Una serie de once películas generadas a partir del sorprendente éxito de la primera -La gran aventura, de Emilio Vieyra-, los filmes de los superagentes aparecen como una aplicación exitosa del ingenio criollo para remedar fórmulas de éxito en el exterior.
En este caso, hay que regresar a 1974, año en que se origina la saga, y en el que el trío aparece por primera vez pero sin los nombres que luego los hicieran famosos, sino los de Apolo, Centauro y Hércules (de hecho, tampoco importa demasiado ya que en varias películas, ellos se llaman por su nombre de pila real). Tiempos de cine policial de explotación en el mundo y de series de televisión del mismo estilo, lo que marca a fuego a la saga es su conexión con la serie James Bond.
En La gran aventura aparece la primera chica a lo Bond que no era otra que una jovencísima Graciela Alfano en su primera película (luego volvería en otros dos capítulos de la saga) interpretando a una chica con conocimientos de artes marciales, bella y provocativa, que ponía en aprietos al trio protagónico, miembros de la Organización Acuario, oscuro ente cuyas connotaciones parapoliciales eran pasadas por alto por los niños de aquellos años.
Era la misma época de un renacer comercial del cine argentino, que venía del suceso de Juan Moreira y se toparía, en solo tres meses, con el éxito sucesivo de películas como ésta, Quebracho, La tregua, La Mary y La Patagonia rebelde.
La convocatoria de la película fue tal que no tardó en aparecer la industria de las secuelas, que -como era clásico entonces- degeneraban, película a película, en calidad, presupuesto y esfuerzo. Sin embargo, un par de las películas posteriores de Tiburón, Delfín y Mojarrita -siempre con sus habituales misiones de combatir a una bizarra combinación de asiáticos ninjas, piratas de una sola pata y hombres trajeados con misteriosos paraguas- se conservan con cierta gracia y atractivo hasta hoy.
Todas con guión de Salvador Valverde Calvo y con aportes en rubros técnicos de gente que luego pasaría a la dirección, como Adolfo Aristarain (asistente de dirección en tres filmes), Juan Carlos Desanzo (director de fotografía de otros tres) y César D”Angiolillo (montajista de dos), entre los filmes posteriores se recuerdan con cierto cariño la segunda parte, La super, super aventura, de Enrique Carreras; La aventura explosiva (la tercera, de 1977, de Orestes A. Trucco) y los filmes de 1979 (Los superagentes no se rompen) y 1980 (Los superagentes contra todos): el primero dirigido por el mismísimo De Grazia, y el segundo por Carlos Galettini.
Si bien es inevitable tomar en cuenta su discutible trasfondo ideológico -una saga sobre simpáticos agentes secretos que trabajan colaborando con el gobierno durante la época de la dictadura militar- buena parte del encanto de la serie eran las chicas que acompañaban a nuestros héroes en sus aventuras. Virtual catálogo de las bellezas nacionales de la época, por las películas de los superagentes pasaron -además de la Alfano- Adriana Aguirre, Mirtha Massa, Thelma Stefani, Adriana Constantini, Carmen Barbieri, Maria Noel, Camila Perissé, Susana Traverso y Adriana Salgueiro, entre otras.
Para principios de los 80, el género estaba en decadencia y la saga ya se había quedado sin rutinas para remedar. Un par de posteriores intentos -Superagentes y titanes, de 1983, y Los superagentes contra los fantasmas, ya sin Bauleo, de 1986- fueron francamente risibles, toda una costumbre para las largas series cinematográficas.
Ni Ricardo Bauleo -que había hecho una serie de bizarros filmes clase B para Emilio Vieyra, como Sangre de vírgenes o Placer sangriento- ni Víctor Bó -hijo de Armando Bó y también actor de varios de sus filmes- tuvieron carreras posteriores en cine de cierto interés. Julio de Grazia, para quienes no lo recuerden, fue un talentoso comediante que trabajó en más de cineastas películas y murió en 1989.